En los años de bonanza económica, ahora ya lejanos, anteriores a la crisis, se construyeron en España un buen número de aeropuertos nuevos y se dotó de modernos equipamientos a los viejos aeródromos ya existentes, todos ello financiados con dinero público (menos el de Castellón), destinados a equipar con nuevas infraestructuras a provincias menos pobladas y con menor actividad económica.
Se pensaba entonces que, gracias a ellos, estas regiones se desarrollarían en torno a ellos y la colosal inversión realizada quedaría rápidamete compensada.
Pero como sabemos, no fue así. Muchos de estos aeropuertos nuevo svivieron unos años de auge gracias al asentamiento de compañías de vuelos low cost que se marcharon tan rápido como llegaron en cuanto arreció la crisis. Los ejemplos son numerosos: el aeropuerto de Peinador en Vigo, el de Reus, el ya mencionado más arriba de Castellón, el de Huesca-Pirineos, el de Lleida-Alguaire y, el caso tal vez más sangrante, el de Ciudad Real: 150 millones de euros de inversión, seis meses en funcionamiento y todavía ni un solo vuelo.
Durante unos años fue posible encontrar vuelos baratos con llegada o destino a alguno de estos aeropuertos, gracias a que compañías de bajo coste como Ryanair, EasyJet o Vueling los convirtieron en bases estratégicas en su red de conexiones… Mientras fueron rentables. Ahora casi todos ellos se ecuentran en una situacióndesesperada, haciendo ofertas a las compañías tradicionales para lograr un mínimo de actividad.
La cruda realidad es que más de la mitad de aeropuertos españoles son deficitarios y una veintena de ellos apenas llega a los 300 pasajeros al día. En el extremo de los aeropuertos con má stráfiico y alta rentabilidad están Barajas, El Prat, Palma de Mallorca y Málaga mientras que otros, como los de Almería, Santander, Logroño o Badajoz, por poner algunos ejemplos se mantienen por razones difíciles de entender desde el punto de vista económico.